Friday, March 3, 2017

CRONICA DEL REGRESO A GUINEA Y LA SENSACIóN DE ESTAR EN CASA.




Guinea me recibió  con la puerta abierta  y llena de sonrisas como si regresara de largo viaje que hubiese emprendido hace solo un par de años. Entro en Guinea por el aeropuerto en Malabo, la capital del país, un aeropuerto que parece salido de un cuento que un día quiero escribir,  sobre un pequeño  pueblo en el que todos se aglomeran en la estación para esperar a sus seres queridos.







Aun sin haber pasado por migración puedo observar al otro lado de las ventanillas  una sala bulliciosa y repleta de gente que aguarda ansiosa la llegada de los suyos. Algunos  sacan maletas o cajas enormes de la faja que poco a poco va exhibiendo el equipaje recién retirado del avión.  Es entonces cuando veo a los míos,  a quienes apenas conozco pero que  aguardan por mí, tan ansiosos como yo. Aguardan también  por algunas otras personas que en el mismo vuelo arriban para participar en el evento que nos ha traído hasta aquí. Estoy feliz de verlos, estoy feliz de llegar a África, estoy feliz de llegar a Guinea Ecuatorial.

Pero la sensación más reconfortante no es solo llegar, es llegar y observar y sentir a muchos como yo, rostros negros  y sonrientes que a  pesar de ser diferentes, no lo son tanto. A pesar de la infame historia de separación, desarraigo y colonización aun conservamos la piel y el color que de alguna forma nos hermana. Con Guinea además, nos une una lengua, porque Guinea resulta ser la única nación en el continente africano en donde también se habla español. Tienen por supuesto sus lenguas del principio,  como  Fang, Bubi, Ndwe, Bisio y Fadambo y otras más, y las hablan y las cantan como canciones de amor en mis oídos. Pero para mí regocijo hoy, solo hoy, esta herencia colonial dejó también  la posibilidad de hablarles en una lengua en  que nos entendemos.

Llego a Guinea Ecuatorial, a África una vez más,  con la alegría y  la expectativa de llegar a casa. Es que de alguna forma, llegar a África, cuantas veces he llegado y por la puerta que haya entrado, siempre  ha representado  para mí, una forma de llegar a casa. Seguramente eso es provocado por esa misma sensación de vacío que sientes a lo largo de la vida de no pertenecer, de estar en un lugar asignado pero no elegido. Esa sensación a la que te acostumbras, pero que lleva latente ese de que “tu casa, no es tu casa”, porque al final de cuentas cualquiera que sea el lugar donde estés, tus pueblos, y tus comunidades y tus iguales tienden a estar marginados y arrinconados. Entonces solo llegar a Guinea, y verme ahí, reflejada, en tanto rostro del color del mío,  aun con los diversos matices, es sin duda,  refrescante.
 
Llegue invitada para participar en el evento Mujer Ideal.  Un evento organizado por Lucas Escalada,  un joven y talentoso diseñador Ecuatoguineano convencido de que puede ayudar a  soñar  y a cambiar vidas de mujeres y niñas y  con eso,  mudar la historia de las mujeres de su país, todo esto usando como instrumento su arte, que es la moda. Entonces se ha rodeado de un grupo de gente joven que como él, quieren cambiar su historia y la de otras mujeres y hombres jóvenes, en un país sin muchas opciones para ellos. (http://mujerideal-ge.org/).  “Mujer ideal” ha convocado  al lado de diseñadores nacionales, a diseñadores de calibre mundial, de  América Latina y de diversos países africanos, que  trajeron  consigo  sus colecciones y llenaron pasarelas de hermosos diseños, de color, de música y de movimiento. Con enorme esfuerzo y recursos limitados, se organizaron también conferencias y mesas redondas sobre diversos temas relacionados con empoderamiento de las mujeres y se homenajearon mujeres Ecuatoguineanas sobresalientes y valientes, muchas de las cuales se han atrevido  a romper normas y patrones y apostar al cambio.



Reconozco, no obstante,  que soy de quienes siempre vieron en la moda y en este tipo de eventos una banalidad y las modelos y sus cuerpos “perfectos” siempre me parecieron una pérdida de tiempo y una actividad carente de contenido contra la que había que luchar.  Mujer Ideal  me abrió una ventana que no conocía y me enseño que la moda, esos espacios de pasarelas y modelos,  también pueden ser instrumentos para el cambio y apoyo al fortalecimiento del autoestima y que además, pueden constituirse en una herramienta para el beneficio de las mujeres. Eso sin dejar de considerar el agrado que me produjo ver pasarelas en donde las mujeres negras, todas ellas, eran las protagonistas y las estrellas, experiencia totalmente nueva para mí.  Lucas incluso se atrevió a levantar  consignas desde las pasarelas, cuando modelos ataviadas con trajes de novia  desfilaron con un pequeño papel enrollado en sus manos para al finalizar,   levantarlo abogando por respeto e igualdad de derechos entre hombres y mujeres y denunciando los diversos tipos de violencia que se ejerce en contra de las mujeres. Esto en una sociedad  ”tradicional” que,  como se atreve a decir Doña Anastasia Nze Ada, una de la homenajeadas, reniegan de la tradición cuando les conviene,  pero se aferran a ella cuando se trata de abrir mano de sus privilegios y cuando se coloca sobre la mesa la discusión de los derechos y la  participación efectiva de las mujeres.   “Mujer Ideal” osó meterse con esa tradición, la misma que a veces resulta tan nefasta y que tantas veces golpea  directamente los derechos de nosotras las mujeres.

En  Malabo también conocí a Bisila,  Diosa madre de los Bubis, referencia espiritual y venerada por el pueblo Bubi, pero Bisila se llama también mi nueva amiga. Española de padres Guineanos, empresaria y filántropa,  pero sobre todo, una mujer extraordinaria. Bisila me prestó a  su familia para que mi experiencia en Guinea resultara completa. Con su padre  Bwelalele Bokoko, conocimos  un poco de Malabo. El señor Bokoko nos alimentó de su experiencia matizada con historias y anécdotas  y una capacidad fascinante y envolvente de relatarlas para que no las olvidáramos nunca. Nos llevó al pueblo de su abuelo, a la casa en donde el solía pasar mucho tiempo durante su infancia. Nos  contó la historia del apogeo del cacao y el rol de su familia en el establecimiento de la cooperativa que subsiste hasta hoy. Así llegamos a  Baney, su pueblo de origen. Entonces recorrimos Rebola, Cupapa,  Basuala,  Riaba,  Misión y Basupú. Todos pueblos pequeños y en donde fuimos recibidos cálidamente por quienes nos encontramos en el camino.

Así, por casualidad,  en el recorrido nos encontramos con un  tío de Bisila,   y con una abuela, quien mostró una alegría enorme de verla y de vernos. Una abuela, que no era la madre de su padre ni de su madre,  pero es abuela, porque el término abuela, como me explicaba Bisila, va mucho más allá de la limitada definición occidental. Este término tiene que ver con respecto, con sabiduría y con ese amor de abuela, que va más allá del amor. Y es que las mujeres de la misma generación de su madre o de su padre,  sean hermanas, primas, etc. son todas abuelas, con hijos o no,  y se les deben los mismos honores.  Este recorrido lo hicimos también con Montserrat Anguiano, pintora y poeta  española de origen Guineano, también invitada al evento. Con este, su primer  viaje a Guinea,  Montserrat continua con un peregrinaje histórico iniciado hace algunos años estando todavía en Barcelona, en busca de su familia biológica. No tuvo tanto éxito en esta primera visita, pero regresa, porque es muy importante encontrar su casa.  Con este recorrido, también le dimos una vuelta  a la historia y así regresamos algunas horas más tarde con un poco más de conocimiento, un poco más sabias habiendo bebido de la sabiduría que solo el señor Bokoko nos podía transmitir.

Finalizamos nuestro recorrido en casa de los abuelos maternos de Bisila, Su abuelo de 91 años nos esperaba con su esposa Felicidad, hermoso nombre que la escogió. Esta vez, disfruté de  la sabiduría y amabilidad  de don Laureano Toichoa, el abuelo, quien con una lucidez extraordinaria   me contó algunos detalles de su vida, me pregunto sobre afrodescendientes en Argentina y los Estados Unidos y me habló de la construcción del ferrocarril en Costa Rica y  de la historia política de mi propio país.  Terminamos sentadas a la mesa en casa de los abuelos, comiendo los alimentos preparados por Doña Felicidad para su nieta y las visitantes. Rabo de res en salsa de ocra y pollo en salsa de maní. Acompañado de arroz y Gari, ese platillo hecho de yuca casi deshidratada y convertida en algo parecido a un pan esponjoso y muy sabroso. Y comimos como se come en casa
con las manos, saboreando cada bocado, porque no hay como la comida de casa, para hacerte sentir en casa.















En cada una de las actividades fui anunciada como la autora del famoso poema “rotundamente negra”, y el poema era proyectado en una pantalla a mi espalda. Me correspondió impartir una conferencia y adicionalmente,   en cada uno de los eventos que se organizaron, me tocó conversar con el público de poesía negra, de la situación de las mujeres en América Latina, sobre  autoestima de las mujeres negras o de la importancia de levantar la cabeza y estar orgullosas de lo que somos.  Les conté de las luchas de nosotras mujeres negras fuera de África. Pero lo más importante fue decirles que al final de cuentas aunque somos diferentes, no lo somos  tanto.

Es que la verdad no lo somos tanto. Estamos conectadas de tantas y tantas maneras que a pesar de que nos separa un enorme océano de historias y de historias sin historia, nos unen patrones de exclusión, nos unen luchas y sentimientos que hemos ido construyendo y reconstruyendo en el camino. Nos une esa necesidad de conservar, preservar, reconstruir y volver a escribir nuestra historia. Estamos conectadas porque funcionamos bajo los mismos patrones patriarcales que de una u otra forma intentan mantenernos en posiciones de subordinación. Estamos conectadas en la lucha por amarnos a nosotras mismas, por destruir y desaprender patrones impuestos y que aprendimos de memoria y que nos hacen renegar de nuestras características físicas.

Así fue como llegué a Guinea Ecuatorial. Mi poesía me llevó hasta allá.  Y debo admitir que al principio,  cuando fui invitada, me enfrenté con una serie de sentimientos encontrados. Entre la satisfacción que me provocó ser invitada a África, al único país Africano en donde también se habla el español, me pregunte la relevancia de mi participación cuando mi trabajo tiene que ver con nuestras luchas en América Latina, con las mujeres negras de la diáspora. Es que a pesar de esfuerzos recientes, y de los cambios e intentos de acercamiento que se han escenificado en los últimos  años, la conexión entre África y sus movimientos sociales con la diáspora ha sido realmente limitada, por lo  que era difícil para mí,  entender la conexión. 

Me preguntaba la relevancia de mi trabajo en el contexto africano. Es que mi poesía tiene que ver con las luchas por igualdad y reconocimiento. Tiene que ver con derechos de los afrodescendientes en occidente. Tiene que ver con reescribir nuestra historia y con volver a encontrar un camino más saludable hacia nosotros mismos. Tiene que ver con mujeres negras y la necesidad de amarnos y desde ese modo liberarnos. Tiene que ver con mujeres que redescubren su potencial, se conocen a sí mismas y exigen respeto.  Sin embargo, al remover  un poco más profundo no  fue difícil de entender. Ese brutal proceso de colonización, una vez más, no aconteció en vano.  Estamos conectadas también  por  esa historia de estigmatización, despersonificación  y deshumanización, por esa historia de agresiones contra nuestros  cuerpos y nuestra imagen física. Estas mujeres están lidiando también con esa herencia que nos dejó  desvaloradas y que nos hace a diario inventar formas de no ser nosotras mismas, de tratar de borrar nuestras tonalidades de piel,  la textura de nuestros cabellos y las formas de nuestras facciones. Esa batalla, la que a diario libramos aquí,  también se está dando en África.    Entonces, lo conocen, se lo saben, se identifican y asumen como propio mi “Rotundamente  Negra”. Y a mí nada me alegra más,  que mi trabajo pueda ser  un instrumento  de reivindicación y de empoderamiento.

Entonces viajar a Guinea me permite una vez más, cerrar un círculo que iniciamos hace ya quinientos años y regresar triunfante. Porque regreso declamando en voz de la libertad. La libertad de Ser. Cantando desde el alma que no se cansa y sigue cantando canciones de libertad. Me entristece saber que también ellas necesitan levantar su imagen de entre los escombros, pero aquí estamos, de la mano y un día llegamos.

Cinco días más tarde dejo Guinea Ecuatorial. Otra vez llena de sentimientos encontrados, habiendo participado en un evento organizado por un grupo de jóvenes llenos de fe y que están trabajando contra viento y marea para cambiar su propia historia y contribuir a cambiar la historia de las mujeres de su país. Lucas y su equipo trabajan con una pasión admirable, porque enfrentan enormes retos con su proyecto casi titánico en un medio limitante y desafiante. Este país, que aunque ha experimentado importantes avances en los  últimos años, aun exhibe una gran desigualdad social y enfrenta grandes desafios en areas como educación, salud y derechos humanos en general.
Vuelvo al aeropuerto,  esta vez,  despidiéndome de Malabo y de Guinea y de las casi 20 personas que han llegado a despedirnos. No recuerdo la última vez que fui despedida en un aeropuerto con tanta emoción y a la vez tristeza. Fueron cinco intensos días en que conocí mujeres y hombres llenos de una energía y una valentía admirable. Me alegra saber que a pesar de todo somos de los mismos y que a pesar de los siglos de separación, aun no nos hemos olvidado. Me alegra haber llegado a  Guinea Ecuatorial, porque volver a casa, aunque la casa esté un poco desarreglada,  es siempre maravilloso.



Monday, November 14, 2016

Mi cabello Mi corona


Illari quiere llevar el pelo suelto a la escuela. Ha insistido por meses y yo finalmente, sin más armas y sin más excusas he accedido. Ha sido un ejercicio mental, un ejercicio de identidad y un triunfo para mi alma. Confieso que no ha sido fácil. Confieso que a pesar de mis tantos y tantos años con mi cabello natural, de mis tantos años como activista y mis luchas por la aceptación y revaloración de nuestras características físicas, ver a mi hija con su cabello suelto, no acababa de tener una forma correcta en mi cabeza. Ha sido una aventura lidiar con la idea de que mi hija lleve su cabello suelto y lo más importante, aprender a gustar de él.  


Para ella sin embargo,  ha llegado naturalmente. Ella ha crecido rodeada de mujeres que valoran y aman su cabello, incluyéndome a mí misma y a su hermana mayor. A sus ocho años, le ha tocado vivir la mayor parte de su vida en Brasil,  en donde nuestra vida transcurrió alrededor del movimiento de mujeres negras y ha sido común para ella ver todas esas mujeres que ya se han apropiado de su imagen y lucen sus cabellos sueltos en una especie de rebeldía como quien canta himnos y grita consignas de identidad.

En nuestra casa, a ella nunca le ha tocado vivir los conocidos rituales de alisamiento y estiramiento del cabello. Nunca le tocó experimentar ni sentir ese olor producido por el cabello que se quema,  o esos olores amoníacos que a menudo vienen del proceso de alisar nuestros cabellos. Ella siempre vio a las mujeres mayores en casa usando ¨Dreadlocks” y  muy satisfechas con su cabello.  

A ella eso del cabello suelto le llegó natural, como si nada, como si desde siempre su cabello fuera hermoso y fuera posible solo llevarlo puesto, así nada más, como le fue entregado, sin el peso de la historia y de la mente. Ella solo quiere llevarlo suelto como sus compañeritas de  escuela, con la conciencia plena de que es diferente pero naturalmente hermoso, naturalmente suyo. Les prometió que para su cumpleaños número siete les tendría una sorpresa,  la verían finalmente con el cabello suelto.



Para nosotras, sin embargo, el cabello continúa siendo un lento proceso de aceptación, de amor propio, de reconocimiento y autoestima. Y aquí no hablo solamente de mujeres negras de la diáspora. Habiendo vivido y visitado diversos países del continente africano, puedo incluir en mi observación contextos africanos, en donde también el cabello tratado con químicos, es una parte casi natural de la cotidianidad de muchas mujeres. Y el cabello natural en las mujeres negras en nuestros tiempos,  es a menudo considerado (como fue considerado en los 60s y principios de los 70s en los Estados Unidos) como un manifiesto revolucionario o una declaración política. 

Y es que la historia de nuestro cabello, (…como si tuviera que haber una historia detrás del cabello…) continúa siendo una historia más de desnaturalización, opresión y  deshumanización. Es que alrededor de nuestro cabello, así como alrededor de los cuerpos de las mujeres negras, se dio un proceso de desnaturalización y descalificación. Y lo que es a peor  es que así como se nos hizo creer, que entre más oscura es la piel más primitivos o animalizados son los comportamientos; se nos convenció de que entre más oscura la piel, mas “duro” y feo es el cabello.

Nos convencieron de que nuestro cabello, no era lo suficientemente bueno, ni lo suficientemente hermoso. Nos indujeron a pensar que lo “natural” era llevar el cabello químicamente tratado y que nuestro cabello era inapropiado para ciertos contextos y por tal razón debía ser sometido al trauma de los peines candentes que lo estiraban, o a poderosos químicos o a cualquier otra forma que permitiera convertirlo en algo apropiado para ser presentado y presentable ante los otros. Y ahora resulta que nosotras mujeres negras, tenemos que hacer toda una argumentación ideológica  para justificar la importancia de llevar nuestro cabello como naturalmente es. Ahora resulta que nosotras mujeres negras tenemos que ser “conscientes” de alguna cosa para llevar el cabello en su estado natural. Resulta que usar el cabello en su estado natural es “político”  y que llevar nuestro cabello de la forma como nace de nuestro cuero cabelludo es un manifiesto ideológico. Yo le llamo a eso: el mundo al revés.

¿Cuándo el cabello de alguien puede convertirse en un manifiesto político? ¿Cuándo alguna parte del cuerpo de alguien, en su estado natural tiene el poder de convertirse en un arma de ideología o de batalla? ¿Por qué permitimos que nuestros cuerpos o nuestras características físicas sigan siendo un arma en contra de nosotras mismas?  

Como nos convertimos en esto  

Nuestra infancia transcurrió con el deseo de tener cabellos largos y lacios. Todas las princesas de los cuentos siempre tuvieron cabellos  ¨largos, lacios y sedosos”.  La Bella durmiente, Cenicienta, Ariel, Pocahontas, Rapunzel y otras tenían en común sus “hermosos cabellos”. Cuando niñas también aprendimos a querer ser princesas, entre otras cosas porque sabíamos que los príncipes se quieren casar con ellas. El cabello largo además, ha sido asociado históricamente con feminidad y porque no decirlo, con sexapil.
 
Esas eran las imágenes de mujeres hermosas que nos construyeron y que construimos. Nuestra ausencia en la televisión, en la publicidad y en la calle, en los libros e imágenes en la escuela así como la ausencia de imágenes positivas que nos reflejaran y con las cuales pudiéramos sentirnos identificadas fueron una constante durante nuestra infancia. No logramos encontrar mujeres que se nos asemejaran para convertirlas en nuestros modelos. Por el contrario, la gran mayoría de las imágenes que pudimos ver, por ejemplo en las telenovelas, representaban roles e imágenes negativas y subordinadas que nunca constituyeron algún rol digno de ser emulado.

Recuerdo claramente las tardes de juegos entre hermanas y amigas, en que jugábamos de ser señoras de alta alcurnia que llevaban cabellos largos. También jugábamos  de “muchachas” hermosas que tenían largas y rubias cabelleras.  Entonces nosotras solíamos colocarnos toallas sobre la cabeza para asemejar esos cabellos largos y caminábamos hablando con tono novelesco.

Recuerdo las sesiones de tías, primas y amigas en donde entre cafés y sopas de abuelas se discutieron características y se hicieron comparaciones entre los cabellos de las unas y de las otras utilizando adjetivos negativos para los cabellos más crespos y otros adjetivos más benévolos para los menos crespos o más suaves. Nosotras también debimos escuchar eso del “pelo bueno” para la prima con el padre o la madre no negras y la “suerte” de tener ese cabello “bueno”, implicando automáticamente la desdicha de quienes no lo teníamos. Cuantas veces no escuchamos entre plática y plática,  sobre el trabajo que daba peinar nuestro cabello y el no poder esperar a que llegara la edad necesaria para alisarlo y de esa forma, pudiéramos hacernos cargo de nuestro propio cabello.

De niña recuerdo haber derramado muchas lágrimas en esas sesiones de peinados. No existían entonces esos productos para facilitar el peinado, y de haber existido, no llegaban a nuestros países. A pesar de terminar con los ojos jalados hacia arriba, por lo fuerte que eran apretadas esas trenzas,  los resultados de esas sesiones solían ser maravillosos. Obras de arte florecían de ese esfuerzo en las cabecitas de las niñas negras. Al final, a pesar de las lágrimas, el premio eran niñas felices luciendo adornados y relucientes peinados que duraban una, dos o más semanas hasta la nueva sesión.

Para muchas de nosotras, fue la llegada a la pubertad lo que determinó el fin de nuestro cabello natural. Fue un momento que ya había venido siendo anunciado y muchas veces aguardado. Fue a los trece años aproximadamente cuando mi madre decidió que era el momento justo para la transición. De esta forma,  ella también se desentendía y me entregaba esa responsabilidad. Sucedió igual para mis hermanas, primas y muchas de mis amigas. La pubertad fue el momento en donde, casi como un rito de pasaje, madres, tías o abuelas consideraron como el momento oportuno para alisar nuestro cabello, alivianar el trabajo y entregarnos,  casi como un pergamino, la responsabilidad y el control de nuestros cabellos. El mensaje era claro: ya eres una mujer y entonces te paso esta carga, un poco más liviana,  pero a partir de ahora tu cabello es tu responsabilidad, y como toda una señorita, deberás llevarlo con formalidad y dignidad. En el fondo no las culpo, solo repetían patrones, fue lo que aprendieron, lo esperado, lo obvio, lo asumido.

A partir de ahí, la historia incluyó las enruladas nocturnas y las sesiones de alisado cada cuatro o cinco meses. Este proceso era normalmente realizado en casa y dependíamos de  parientes o amigos que podían traer el producto de los Estados Unidos porque entonces,  conseguirlo en las tiendas locales resultaba prácticamente imposible por lo que era necesario encargarlo y esperar la siguiente visita.

Este procedimiento de alisado para mí siempre fue una tortura. Ese olor amoníaco siempre me resultó repulsivo, además de que nunca conseguía aguantar el tiempo necesario con la crema en mi cabeza. El cuero cabelludo empezaba a quemarme y sin previo aviso, corría a lavarlo haciéndome merecedora del enojo de la peinadora, y los reclamos del resto de las presentes, porque entonces los resultados no serían los esperados. Cuantas veces no terminé con quemadas en la frente, en la nuca o en el cráneo que solo consiguieron convencerme de que eso no era para mí. Porque aparte de cualquier nivel de conciencia, la verdad es que nunca me gustó,  era incómodo,  desagradable y requería de un mantenimiento que yo no estaba dispuesta a darle. Recuerdo el cargo de conciencia por meterme al mar o a las piscinas, porque después del trabajo que daba el peinado, el cabello no debía mojarse. El mantenimiento siempre fue tedioso, sin embargo yo entendía, que era eso lo que había que hacer, era lo ¨necesario¨. Era un requerimiento para entrar en la adultez dignamente, y aunque las cosas han cambiado un poco,   continúa siendo necesario hoy.

A pesar de los cambios, hoy es más común que antes observar niñas llevar el cabello químicamente tratado y muchas  madres colocan esos productos en las niñas  desde los tres o cuatro años. El fin de semana de muchas mujeres está determinado por el ritual ineludible del salón de belleza. Y aunque entiendo que en muchos casos esta rutina puede resultar terapéutica, ahí se gastan hasta seis horas de su día libre entre peinadoras, alisados y peinados como un requisito necesario para vivir una vida presentable y digna.

Eso fue lo que aprendimos desde siempre. Porque cuando las mujeres negras llevan su cabello crespo libremente, esta “desarreglado”,  “despeinado” y es “informal”. Porque ya paré de contar las veces en que me enfrasque en discusiones con mujeres inteligentes y “conscientes” que defendían el alisado como una moda o como una forma más de llevar su cabello. Muchas de estas mujeres justifican su decisión y la negativa de volver al cabello natural en función de sus trabajos, en función del sistema que no las acepta,  en función de la dificultad de manejarlo y en la informalidad que representa. Utilizan el argumento de algunas estilistas que sostienen que volver al cabello natural es un proceso largo, complicado y dañino para el cabello.  Yo me pregunto que más dañino para el cabello y para el organismo que los químicos a los que se le somete.  Estas mujeres quieren triunfar y según ellas, su cabello en estado natural no les favorece. Y reconociendo el derecho de cada persona de llevar su cabello de la forma que mejor le parezca, lo interesante es que estas mujeres no logran establecer ninguna relación con autoestima o estándares de belleza,  o con un sistema de dominación que nos ha condicionado para responder a patrones idealizados y completamente ajenos a nuestras características físicas.

Luego de la experiencia fallida del alisado, me embarqué en la moda de las trenzas largas reforzadas con extensiones. A pesar de que me gustaba el resultado, tampoco funcionó por mucho tiempo. Cada sesión de trenzado terminó en dolores de cabeza insoportables que ameritaron hasta el uso de analgésicos por dos o tres días para aliviar la tortura. La verdad es que nunca me sentí realmente cómoda. Creo que influyó también el hecho de que nunca fui lo suficientemente vanidosa como para dedicar el tiempo necesario en esos menesteres. Fue talvez un arranque de honestidad conmigo misma lo que me hizo un día soltar las últimas trenzas y decir: esto es suficiente para mí. Vi a muchas de mis amigas y familiares sufrir de dolores de cabeza por la misma causa, pero la satisfacción del cabello largo fue para ellas más poderoso. Las trenzas fueron una tortura voluntaria, que si bien  resultó en cabellos nítidamente peinados y muy hermosos, para mí no compensaba el dolor que implicaba. Creo además, que si bien este peinado se asemeja un poco más a nuestras formas ancestrales, el objetivo ha estado siempre orientado en una dirección: disimular la apariencia natural de nuestro cabello.

La lista no acaba ahí, luego vinieron el cabello sintético (o humano) adherido al nuestro para asemejar cabellos largos, y las pelucas lacias que desde que recuerdo han sido parte del guardarropa de las tías, vecinas y las señoras que veía en la Iglesia cuando crecía. Y es que crecimos pensando que nuestro cabello no era capaz de crecer como crece el cabello lacio. Nos criamos con el mito de que al crecer hacia arriba, nuestro cabello nunca podría llegar a ser tan largo como el lacio. Y yo lo creí hasta mi adultez, lo creí hasta que en Jamaica, vi los cabellos más largos que alguna había visto.  

Hoy cuando miro hacia atrás sonrío, al ver mi cabello que me llega por debajo de mis nalgas.

Mi cabello, naturalmente mío

Un día cualquiera, y después de llevarlo corto por algún tiempo, decidí dejar crecer mi cabello libremente. Mi decisión estuvo basada en un tema de comodidad. Quería dejar de pensar en mi cabello como una carga, quería vivir mi vida más livianamente y dejar mi cabello en paz. Fue entonces que decidí usar ¨dreadlocks¨. Esta decisión no fue el resultado de ninguna convicción o manifiesto político alguno, fue solamente el intento por una forma naturalmente hermosa y fácil. Sabía sin embargo, y como no saberlo, que la mejor forma de llevar el cabello es su estado natural, pero a pesar de lo anterior, el proceso no fue fácil. Eso no tuvo necesariamente que ver con mi cabello, más bien, tuvo que ver con fuerzas externas que se empeñaban en convencerme de que esa no era la decisión correcta. Amigos cercanos e incluso familia cuestionaron mi decisión. Incontables fueron las veces en las que recibí los irrespetuosos ¨¿cuándo vas a hacer algo con ese pelo?¨ o el clásico ¨ese pelo parece un nido de ratas¨ etc. Debo admitir que aun para mí, hubo momentos en que tuve que volver a hacer las paces con la imagen que me encontraba en el espejo. Estaba tan acostumbrada a mirar esa imagen a través del cristal que otros habían construido sobre mí, que no siempre fue fácil. Con el inicio del proceso, también continuaba un camino de amar mi cabello de la forma como me fue entregado. Un proceso con el cual yo ya estaba comprometida, pero que mi entorno no necesariamente apoyaba.
Sin embargo sobreviví y a pesar de las voces que intentaron de persuadirme de mi decisión el resto es historia y hoy mi cabello, que llega más abajo que mis nalgas, luce hermoso, sano y recibe halagos diarios incluso de personas que en otro momento reprobaron mi decisión.        
Toda esta historia, que se asemeja a un viaje hacia el descubrimiento de algo más allá de nosotras, es solo un relato sobre el retorno a mi cabello natural. (…como si tuviera que haber una historia detrás del cabello…) Es que es solo el cabello con el que fuimos enviadas  al mundo, es solo una característica más de nuestra imagen física. Pero resulta que esto del cabello africano, del cabello crespo, del cabello afrodescendiente parece un viaje de avenidas, de idas y de regresos. Parece un viaje a un mundo que no nos perteneciera, a un mundo ajeno, un mundo que también, nos fue arrebatado.
¿Cuándo fue que convertimos nuestro cabello en un instrumento de batalla? ¿Cuándo fue que nuestro cuerpo empezó a ser tratado como un arma o como un instrumento de reivindicación?  ¿Cuándo fue que comenzamos a defendernos y a construir mecanismos para recuperar algo que siempre debió pertenecernos? Y es que a pesar de saber de memoria las respuestas a estas preguntas, no deja de ser difícil hacer la paz con este proceso que hoy continúa lastimando y castigando los cuerpos de las mujeres negras. Se nos arrebató la posesión de nuestros propios cuerpos, se nos negó la posibilidad de simplemente Ser. Esas violencias contra la imagen física de las mujeres negras llevaron a la  des-personificación y a la ¨cosificación¨ de nuestros cuerpos, y hoy irónicamente, tenemos que defender y reivindicar el uso de nuestro cabello en su estado natural. Resulta que llevar nuestro cabello natural es un acto ¨político¨.
Entiendo sin embargo, que todo esto va mucho más allá de nuestro cabello. Se trata del camino que nosotras, mujeres negras, estamos recorriendo hacia nosotras mismas, hacia la develación de nuestra propia verdad. Se trata de establecer y reconocer patrones diferentes de belleza, de desaprender comportamientos y prácticas que fueron convertidas en ¨normales¨ y que van en contra de nuestra propia naturaleza. Se trata de recorrer el camino al revés y volver a apropiarnos de nuestros propios cuerpos, de nuestra propia imagen, de nuestra propia historia. Es imperativo repensarnos desde una perspectiva propia, desde nuestras diferencias como pueblos. Es imperativo la edificación de una mujer negra o afrodescendiente que se valore desde nuestros propios estándares y no desde patrones muy bien aprendidos e impuestos por los enemigos.
A menudo Illari lleva el cabello suelto a la escuela. Su insistencia me dejó sin  armas y sin excusas y finalmente accedí, entonces ella orgullosamente lleva su cabello como una corona. Ella acabó por derribar mi miedo al rechazo, porque ella esta tan segura de sí misma y de la hermosura de su cabello que nunca tuvo temor. Illari me está enseñando a no temer y hoy estoy segura de que yo también llevo una corona. Mi cabello natural es mi corona.
Gracias al trabajo de muchas mujeres, a ella le ha tocado vivir tiempos mejores. Todos los días  nos encontramos mujeres llevando su cabello afro o hermosas trenzas, o luciendo moños de diversas formas y tamaños, todas con su cabello natural. En la escuela, algunas maestras y muchas niñas lucen sus cabecitas con sus coronas naturales y se sienten lindas. Las cosas siguen cambiando y hoy mi pequeña no siente miedo de llevar su cabello suelto a la escuela. No tiene miedo a ser albo de las burlas y del irrespeto de quienes se sienten con derecho de tocar, oler o mirar con desdén su hermoso cabello. Y si eso sucediera, ella tiene las respuestas y las armas para seguir actuando en concordancia con su corona, como una reina en formación. Porque lleva su cabello como una corona, como un premio que la adorna y la hace más bella, más humana, más completa. Pero ella ni se entera,  porque es solo natural, no tiene ese peso y esa racionalización casi absurda, que nos hace a nosotras activistas, llevarlo como un acto político o como una declaración de guerra. Porque llevar el cabello en su estado natural no debería de tener nada de político, es solo mi cabello, mi hermoso cabello. Mi corona.
Yo sigo cambiando y creciendo. Porque esta es una tarea de todos los días y yo estoy lista para aprender y cambiar. La programación mental y estos malditos patrones sociales son muy poderosos y requieren de educación, voluntad y de una cultura transformada y transformadora desde adentro y desde afuera para desaprender tantos patrones, comportamientos y prácticas que con tanto éxito nos fueron impuestos.   
El trabajo que he intentado hacer con mis hijas, hoy se me devuelve. Hoy tengo que agradecer a Illari que a sus ocho años, me enseña todos los días a no sentir miedo. Porque es muy doloroso tener que vivir con miedo. Illari me enseñó que mi cabello es mi corona. Yo soy una reina. Fui coronada desde el principio con un hermoso y frondoso cabello. Me toca entonces llevar mi cuerpo, mi cabello y mi alma con garbo y con honor,  como la reina que soy.


Wednesday, June 3, 2015

LAMENTO©



Esta lucha que nos ha sacado sangre
y lágrimas
y ya nos sacó los ojos
y ya nos sacó la vida
como duele esta lucha
que a veces parece tan infinita
y parece que empezó
desde el principio de los tiempos.

Como duele esta lucha
que te moja los ojos
y cuando piensas que acaba
no acaba
y recrudece
y te llaman cobarde
y te devuelven la culpa
y te cansas
y te caes
y te vuelves a levantar
y recuerdas a los otros
y entonces te obligas a seguir.

Como cuesta esta lucha
que ya es una guerra
que ya lleva siglos
que no es tu culpa
y te devuelven la culpa
y te sientas a descansar
y cuando crees que acaba
no acaba
y cuando crees que ganaste una batalla
la perdiste.
Cuesta tanto esta lucha
y cuando creíste en aliados
son enemigos
y cuando vez luz en el horizonte
aun esta oscuro.


Como duele esta piel
como cansa el camino
y cuando crees que amanece
la noche apenas empieza
y cuando la noche es dulce
amanece
abres los ojos
y otra vez sientes frío.

Como sangra esta lucha
y cuando crees que puedes dormir tranquila
el miedo te despierta
y cuando crees que sonríes
la verdad estas llorando.

Ayyyy...
tengo miedo de morir en el camino
tengo pena por los hijos que he parido
tengo sed por el camino recorrido
y nostalgia por los poemas
que aun no escribo
tengo sangre en las palabras y en la vida.

Solo quiero descansar
tomarte de la mano y descansar
beberte a besos lentos
y descansar
hacernos el amor sin pausa
y descansar.


Monday, February 2, 2015

Negras o Afrodescendientes

No había querido hasta ahora  entrar  en este debate sobre ser negra o afrodescendiente al cual me vienen invitando con insistencia desde hace un tiempo para acá. Estas auto-denominaciones sin embargo,  me tocan  directamente porque las he asumido, y  me he declarado poética y públicamente “Rotundamente Negra” y  lo he manifestado  una y otra vez  poética e irreverentemente “Porque me da la gana”. La verdad sin embargo,  es que tiendo a mantenerme al margen de estas discusiones que para mí, no conducen a ninguna parte, no solo porque  promueven encasillamientos, divisiones  y rupturas, sino que además, ningún favor le hacen a la construcción de nuestros movimientos alrededor del mundo.  Por el contrario,  creo que con estas polémicas, a menudo innecesarias,  le hacemos un servicio al juego orquestado por el colonialismo cuyo objetivo es la profundización de  las diferencias y  de las divisiones ya existentes  dentro de nuestros movimientos.

Y es que para nadie es un secreto, que en el curso de los últimos  500 años,  hemos  sido nombrados y etiquetados  con  denominaciones y apelativos  que los “otros” han escogido e impuesto sobre “nosotros”. Fuimos negados de llevar  nuestros propios nombres,  de establecer nuestras propias definiciones y de ser seres humanos portadores naturales de derechos,   con las consecuencias  históricas por demás conocidas.  En algunos de nuestros países, se establecieron  sofisticadas listas que  jerarquizaban  a los descendientes de africanos según tonalidades  de piel y/o mezclas raciales. Era de acuerdo a la posición que ocupaban en esa escala, que  eran sujetos de determinados  derechos o favores particulares o les eran negados sus derechos básicos.

La llegada de los europeos al continente africano  convirtió  seres humanos  en “negros”. Previo a este nefasto acontecimiento  el continente africano estaba poblado por personas con diversas tonalidades de piel y  agrupadas geográfica, cultural  o  étnicamente.  Los africanos no sabían  que eran  negros hasta que entraron en contacto con los europeos. A partir de entonces,  la denominación “negro” o “negra”  significó  deshumanización,  mercancía  y todo lo que implicó  el proceso de trata,  esclavización y la subsecuente marginalización de las poblaciones de origen africano  en el nuevo mundo.   El término negro entonces conllevó  una  profunda carga ideológica  negativa  que fue colocada sobre las espaldas de esta población y que fue sustentada  con argumentos seudocientíficos,  leyes diversas y mantenida por siglos, historia por todos conocida.

Me preguntan si me llamo negra o afrodescendiente? Y yo respondo que me llamo a mi misma “como me da la gana”. Porque mi historia,  las luchas de liberación sostenidas por mis ancestros y  las luchas que seguimos librando, me otorgan el derecho de decidir la forma como quiero ser llamada. Soy negra,  porque me identifico con el  término. Porque es un término del cual me apropié y porque ha tomado mucho trabajo su resignificación y lo recogimos humillado y le limpiamos las rodillas y ahora es fuerte  y hoy habla de una historia de opresión y de lucha de la que soy parte y que me define como parte de una comunidad global. Y si quiero seguir llamándome negra, es mi prerrogativa. Porque hoy, auto definirse como negro o negra, se ha constituido en un acto de afirmación política y  está asociado no solamente con pertenencia étnica,  sino que está revestido de una alta dosis de conciencia y activismo. Soy la mujer negra que quiero ser y respondo a los dictados de mi conciencia.

Soy afrodescendiente porque  este término es el producto de la concertación y porque me da la oportunidad de pertenecer.  Porque los seres humanos necesitamos pertenecer. Necesitamos ser parte de algo mucho mayor que nosotros para sentirnos de alguna forma validados. Porque la mayoría de nosotros crecimos “sin madre”, sin antecedentes, que es como crecer sin nada, sin raíces y sin referentes.  Porque cuando yo crecía nunca pertenecí. Ahora puedo contarle a mis hijos una historia asociada a un gran continente que se llama África. Porque ahora sé de dónde vengo y entiendo que mi historia tiene un valor que quiero transmitir, propagar y heredar. Porque me siento orgullosa de representar esa legado maravilloso.  Porque quiero ser parte de cualquier término que me defina como militante por la igualdad, por el  respeto a las diversidades, por  igualdad de oportunidades,  por  la lucha por los derechos básicos de todos los seres humanos y que implique mi derecho a ser lo que yo quiero ser.


Soy partidaria de cualquier término que nos defina en el marco de una hermandad Universal, que nos convoque a abrazar esa comunidad ancestral y nos invite a caminar juntos hacia los objetivos de libertad, de participación  e igualdad plena. Para mi, cualquiera que sea el término:   negra, afrodescendiente, afro latina, afro costarricense, etc., me identifican. 


En mi opinión, no debemos perder el norte  y dejar que otros lucren de esta discusión. Enfoquémonos en lo que es realmente importante, busquemos puntos de encuentro y construyamos a partir de ellos.  Hay quienes estan usufructuando de esta polémica y no son precisamente quienes se alegran de ver mejorar  en las condiciones de vida  de los pueblos afrodescendientes/negros. Por el contrario, son esos mismos,  quienes de una u otra forma se han encargado de atizar y  colocar obstáculos en detrimento de nuestras  luchas. No les hagamos el juego. Nuestras comunidades están sedientas de cuestiones que edifiquen y que aporten al mejoramiento de sus condiciones de existencia, y es en esa dirección que tenemos que dirigir nuestras discusiones.


Shirley Campbell Barr
Enero 2015


Tuesday, September 30, 2014

                                                          LIBERADA[i]  ©

Yo ya no busco razones para mi piel
no busco más excusas ni explicaciones para la redondez de mis nalgas
o la  natural cadencia en mi andar
no justifico ya mi natural agrado por los tambores o la necesidad de mi cuerpo
de danzar al ritmo que le tocan...
.
Hace ya tiempo que deje de  explicar antepasados
que justifiquen  mis labios o mi extraordinaria nariz
o la hermosura incólume que me acompaña desde tiempos inmemoriales
no justifico más mis sincretismos
ni mis pasiones,  ni mi sensualidad
yo ya no otorgo  razones para mi ser.
Me convertí en mi misma
me aprendí
soy yo.

Tengo certeza de mi misma y de los míos
no necesito autorizaciones para ser
no pido ya permisos para vivir.
Hoy disfruto con sobrada elegancia mi negrura
la llevo con honor, con garbo y distinción
la paseo por parques, mercados y plazas
por escenarios, anfiteatros simples coloquios y grandes conferencias
con placer me colma el alma
el discurso y la vida.
Ya no intento disimularla en mi cabello
en mi tez o en mis distinguidas alocuciones
la aprendí de memoria
desde adentro, con historia y desde el centro del alma.

Por eso, ya no preciso de razones para ser
porque me descubrí limpia
brillante
victoriosa
incólume
probada
bendecida
batallada
negra
ya no,
no preciso razones
hoy soy yo
liberada.




[i] Campbell Barr, S. ROTUNDAMENTE NEGRA y otros poemas. Primera Edicion. N©oviembre 2013. Ediciones Torremozas. S.I. Madrid.